jueves, 7 de enero de 2010

LOS HIJOS DE LA CONCERTACION


Javier Sanfeliú escribió este interesante post titulado LOS HIJOS DE LA CONCERTACION. Este es el texto:

Papá salió a trabajar en 1.989. Dejó a niños recién nacidos en la casa. Trabajó como loco, tuvo éxitos, fracasos, errores, aciertos, se juntó con buenas y malas personas, hizo negocios buenos y otros más o menos pero igualmente, a fin de cuentas, fue aplaudido en el mundo entero. Papá Concertación está conciente, muy conciente, de que hizo la pega y que su período ha sido por lejos el más exitoso de la breve historia del país

Pero volvió a la casa, cansado, y se encontró con desconocidos en la casa: sus hijos.

¿Cómo son los hijos de la concertación? Se pregunta la Concertación. Bueno, ya no son ciudadanos. Son clientes. Son alumnos clientes, consumidores clientes, algunos votantes clientes (los menos porque los hijos de la concertación no quieren votar en masa, porque entienden que no están en un país, sino en otra cosa más parecida a un centro comercial, cuya tienda de política y participación está bien de modé y pasan de largo, salvo para gritarles un par de chuchadas).

Han tenido un buen pasar. Harto juguete. Cámaras, guitarras, primero modem, luego wi-fi. Está conectado con el mundo. Pero le tiene una rabia enorme a papá. No sabe muy bien por qué, pero le cobra a Papá todo lo que sucede aunque no sea culpa de papá.

El hijo de la concertación se requetecontra endeuda y cuando no puede salir del hoyo va y le alega a papá.

Es consumidor, no ciudadano. Aunque ha hecho cosas en la red que le dan pistas de que hay algo más que ser consumidor, lo sigue siendo.Y vaya que le gusta. Es que es muy rico, por cierto. A quién no le gusta el plasma,

El hijo de la concertación tiene miedo a perder la pega y un amor excesivo al éxito y está arriba de una bicicleta mosquito con la que está armando la vida del mañana, sin entender que el mañana no existe, que es ciencia ficción, que bueno ya, que si existiera finalmente, debiera ser más que hipotecar la propia vida.

El hijo de la concertación le cobra moral y ética a su padre. Aunque en el bando contrario existan las mismas y peores mañas del poder, el hijo de la concertación le cobra a papá concertación, no a los del frente. Porque lo que cobra es ausencia. Pero seamos adultos: no hay nada más pavo o de colegio católico o de comunidad amish o qué sé yo que pensar que el poder es una linda historia. Es una historia como la raja pero linda a la vez. Es el juego final. Es la playa de lobos marinos peleando su metro cuadrado. Es la violencia de la biología buscando ganar espacio para prolongar su ADN. El hijo de la Concertación se compró Disney entero y aún suena con ir a Epcot Center. Pero no. El poder es lo que somos. Una mezcla brutal de engaños, trampas, ideas y artimañas para derrotar a los otros. La inocencia de los hijos de la Concertación es pensar que en ese tablero se juega limpio. Y no. Es un vertedero. Un asunto pasional. brutal. Pero fascinante de conocer y vivir. Porque es la historia del universo entero. Soles que se comen sistemas enteros, de centros de energías que se tragan otros. Eso es la vida misma. Y nada mejor ni peor que eso. Solamente algo que es.

Hay que ver más Animal Planet. Ahí está todo. Dejen de leer diarios, y menos en el papel. Vean Animal Planet.

Suena una cumbia que dice: con una cuota de poder, cariño, ahí te quiero ver. Una vez que estés arriba, ahí te voy a conocer.

El hijo de la concertación es habitante de mall, consumidor de fast food. Sabe harto de tecnología y observa con razón la revolución digital. Con obsesión, claro. Papá Concertación con suerte revisa el mail, tiene los deditos gordos para la blackberry (siempre le cargó teclear en la Olivetti menos lo hará en un aparato chico y complicado) y cree que la vida está en la calle, asunto de verdad cierto.Ambos tienen la razón pero no se conversa en el patio de la concertación. Juntos podrían hacer maravillas pero no conversan en la mesa. Hay rabia y frustración en la casa de la concertación.

El hijo de la concertación tiene y quiere todo a un click de distancia. Así aprendió la vida, así la quiere seguir teniendo. Y cree que Chile es un Macbook pro, sin darse cuenta de que con cueva es un ábaco. De que a la vuelta de la esquina hay hambre y que no somos Londres. De que twitter no es la realidad.

Los hijos de la concertación cantan a Luca Prodán. "No sé lo que quiero, pero lo quiero YA."

Está bien solito el hijo de la concertación, pese a que puede llegar a tener un facebook con miles de amigos, un twitter popular y un fotolog ultra comentado. Está como solito. Incomprendido, anulado por los otros hermanos hijos de la Concertación.

Se sospecha que los hijos de la Concertación no son hijos de la concertación. Son hijos de los Laboratorios Milton Friedman Inc. Incubados para ser individualistas, un mejor modelo de envidioso y no programado para pensar en el bien común, y pensar que libertad implica dejar de pensar en los demás, en nanas, temporeras, y abrirse camino en un mundo neoliberal solo, en busca del Audi A8 y no de amigos; tras la pepa de oro y no el amor; tras la fama y no en la vida común y silvestre de barrio.

Siempre será mejor ser el que vitrinea y no el vitrineado.

El hijo de la concertación detesta a los viejos. Encuentra que todos son una manga de artefactos obsoletos, llenos de funciones que no sirven para nada. Los ven grises, bucólicos, cansados, ladrones. O peor aún: simplemente viejos en el mundo que se aferra absurdamente a una juventud que inequívocamente termina cuando uno nace.

Tic Tac. Tic Tac. Soy la muerte y te voy a llevar.

El hijo de la concertación sospecha hasta de su abuela, porque la vida es así, una selva neoliberal donde si te descuidas, eres empalado. No existe la buena gente en el imaginario del hijo de la concertación, porque papá concertación no le enseñó a superar sus pesadillas y menos a tener sueños.

El hijo de la concertación quiere un sueldo cototo para darse la torta. Y si no lo tiene adivinen de quién es la culpa.

En el mundo de las marcas viven estos niños llenos de berrinches y angustias. Ahí se refugia y obtiene cierto grado de felicidad, pasajera, pero felicidad. El soma, que le dicen.

Los hijos de la concertación consumen medios y repiten las pautas editoriales de esos medios sin darse cuenta porque han renegado muchas veces de ellos. Son el resultado directo de la ausencia de conversación con papá concertación en la mesa. Cree que la realidad se ve por pantallas y eso sería todo. Un reality que poco y nada tiene que ver con la realidad.

Los hijos de la concertación exigen buena atención aquí y ahora, y que se haga todo como quieren. Porque para eso pagan. Con la plata de papá, con las lucas que se ganan, pero pagan.

No tiene muchos argumentos el hijo de la Concertación. Sólo tiene una sensación de que algo no está bien. Y sí. Algo no está bien. ¿Y cuándo ha estado bien? ¿Hemos vivido justicia, perfección, el paraíso en el mundo del hombre? Les tengo una mala y una buena noticia: nunca ha existido un mundo perfecto porque somos los humanos, unos jodidos equivocados permanentemente, pero la buena es que aún siguen existiendo aquellos que sueñan con un gran mundo. Esos son los que dejaron de pensar en el Yo, y entendieron que todo se basa en el nosotros.

Los hijos de la concertación tienen nostalgia de algo que nunca vivieron. No han tenido enemigos, ni batallas, ni revoluciones. Sólo ha sido espectador de evoluciones que se construyen en otras partes.

El hijo de la concertación quiere gobiernos que se actualicen como un software, pero sin ofrecer participación en su construcción.

Los hijos de la concertación aman "el arte y la cultura" y han tenido bandas de rock y han hecho películas. Ambas zonas se parecen mucho. Salvo algunas excepciones, jamás piensan en llenar estadios o cines sino en contar sus historias. Su mundo. De ahí que no exista escena musical. De ahí que no se llenen los cines. Pero la culpa es de papá Concertación. El hijo de la Concertación odia el lugar común, quiere ser original, un descubridor, un corredor de velos, obtener el reconocimiento que no le dieron en la casa.

Los hijos de la concertación sienten que obsolecen rápidamente a los 25 años. Sus referentes son futbolistas, modelos, megamillonarios como Zuckerberg que la hicieron toda de una. Con un click. Claro. Si a los 25 años no la hiciste toda, entonces ya no hiciste nada. Y se frustra fuertemente, se angustia y toma pastillas con estrellas. Porque no sabe manejar la ansiedad, y papá concertación tiene la culpa: le dio demasiado y conversó muy poco. Enseñó muy poco.

El hijo de la concertación salta sobre el cuerpo mal herido del padre sin sospechar que se está muriendo con él.

Oh, esos tiempos en que creíamos en algo. En que sabíamos que podíamos cambiar las cosas. Hoy somos un ticket de cambio que usamos de inmediato cuando algo no nos gusta.

Un país no es amazon.com. Un país es algo llamado la patria o algo así. Un concepto que está perdiéndose en la neblina del desarrollo a cualquier precio.

Qué gran significado tenía el apellido Concertación. ¿Ahora qué queda? Sólo un aroma a historia, ecos de un país que ya no es, pero también una posibilidad de refundación. Una posibilidad de refundación. Sí. Los hijos de la Concertación lo llamarían un upgrade. Pero poco y nada se hará sin tocar las puertas del palacio, sin intención de participación. Derechos pero también deberes, dice mi tío Horacio que poda un limón recordando que este país en doscientos años sigue produciendo al mismo tipo de gente.

La incapacidad de generar movimientos y unirse tras una idea (ideal sería pedir demasiado) es culpa de papá concertación, porque no le enseñó cosas tan simple como la unión hace la fuerza o canciones como all together now. Papá concertación se tecnocratizó casi tanto como sus oponentes y olvidó hablar de épica. Mucho Friedman y poco Quijote. Mucho ¿Quién se robó mi queso? y poco Altazor. Eligió mal su discurso y hoy vive el resultado de un mundo con el alma fatigada.

Se sospecha. Se sospecha mucho. De todo y de todos. Demasiado. Paranoias, muchas paranoias.

Papá concertación borró tres palabras claves en su vocabulario que eran lo que sus hijos admiraban antes de crecer: alegría, sueños y justicia.

Papá concertación llegó tarde, tan tarde al tema medio ambiental y los hijos de la concertación han tenido desde siempre la sensación de vivir en un mundo devastado por los amigos de papá y por papá mismo. (y no por los otros, que hasta salen caricaturizados en Avatar). Pucha que la cagó papá ahí. Pero papá puede reparar. La pregunta no es: ¿quiere reparar papá? sino DEBE reparar papá. Y debe anunciar eso llegando a la casa y no entelequias siglo XX.

Los hijos de la concertación quieren las cabezas de los presidentes de los partidos, pudiendo ser tanto más útil pedir ingreso de gente independiente a puestos importantes. Pero quieren venganza de algo que no entienden, y no ofrecen ideas de un país posible. What the fuck.

¿A quién le importa el extraño mundo de Jack que son los partidos y sus manos de poker? Sólo importa que hagan la pega, no que se transformen en los protagonistas de un reality (de muy bajo rating). Y hacer la pega es tener una idea de país más allá de sus ombligos perdidos en guatas enormes.

Papá debe entender que los procesos evolutivos son inevitables. Que ya cayó el cometa. Y que los lagartos gigantes van a desaparecer y será tiempo de mamíferos. Ojalá que no de mamones, sino de mamíferos. Y papá concertación no es un dinosaurio, sino un mamífero algo perdido en el incendio de los tiempos. Dinosaurios son otros. Pero andan vestidos de ovejas, calladitos haciendo beeeee por la vida. Tiranosaurios Rex vestidos de cachorritos con apetito voraz. Una lindura. Pero hay que decir que están mejor maquilladas las arrugas. Han pasado hasta por el bisturí. papá concertación tiene patas de gallo. Y un poco de vino tinto en la camisa.

Así las cosas. Nada es muy nuevo y menos original. Es la vieja historia de matar al padre para hacerse hombre. O algo así.

Afortunadamente, los hijos de la concertación no son los únicos decisores de voto. Porque son muchos más los hijos del rigor y la desigualdad, los del campo que no saben que mierda es twitter pero sí de abusos, y votan mucho pero mucho más los hijos de la dictadura, como también los hijos del Mall (los niños 2x1, los niños 24 cuotas sin interés), que votan por el otro.

¿No es loco que un Mall suene igual al Mal y nadie se percate? Ya, o.k., no es para tanto, si a todos nos gusta el hueveo, pero... eso no es el fin último de la vida, ¿cierto?

(Corte comercial)

Qué suerte tuve de votar NO el 88. De vivir ese capítulo. De algo que sirva crecer y envejecer. Viví un pedazo de historia magnífico. Aún veo esas calles llenas de gente unidas en torno a algo, esos panfletos al aire, los brazos arriba, la garganta gastada.

(Vuelta de comerciales)

Los hijos de la concertación NO se inscribieron pero se mueren de ganas de decirle NO a papá. Tienen rabia. Y pena. Y quieren que les digan algo y no se les dice nada. Quieren manejar la empresa pero no sabe por dónde partir. No confía en algunos gerentillos amigos de papá. Pero ve en los mandos medios el futuro de ella.

Oh recórcholis, qué gran momento de la película es éste. Qué afortunado soy de verlo tan de cerca, esas murallas resquebrajadas, esa corriente de aire nuevo.

Descansa, concertación, descansa. Ve a descansar. Dale el espacio a tus hijos. A todos tus hijos. Llegó el tiempo de la refundación.

Veamos qué pasa. Hay una palabra que en una época se usó mucho para unir a un país hecho pebre por un golpe militar: reconciliación. Ahora se aplica para dentro de la casa. Tarde o temprano tendrán que sentarse en la misma mesa papá e hijo y discutir. Pero intuyo que eso ya pasó. Y que vamos a ver el resultado de esa conversación el 17 de enero. Que el diablo nos pille confesados.

Vamos que se puede carajo. Votaré Frei porque no se trata de Frei y tampoco de nosotros. Se trata de los olvidados. Se trata de esto que dijo Jorge Teillier (un poco de poesía no le hace mal a nadie) y que aún resuena pese al ruido que hacen los realitys, los ofertones y las cajas de supermercado:

Y tú quieres oír, tú quieres entender.

Y yo te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.

Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni para los iniciados.

Es para la niña que nadie saca a bailar,

es para los hermanos que afrontan la borrachera

y a quienes desdeñan los que se creen santos, profetas o poderosos.

Buenas noches los pastores.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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