jueves, 26 de marzo de 2009

La lenta pero sostenida corrosión del sistema político...


La magnitud y velocidad de los cambios mundiales nos pone normalmente en una actitud de asombro y perplejidad, que a ratos es abrumadora. Mal manejada una perplejidad nos podría llevar a la parálisis y a la angustia o a reacciones precipitadas y tardías. Una nueva escala de incertidumbre y complejidad es intrínseca al mundo que viene y no tenemos otra opción a movernos y actuar en ella.

A esta ansiedad natural, que hoy día cualquier país del mundo de características homologables a Chile experimenta, debe agregarse la desconfianza que aún pervive entre nosotros.

Esta desconfianza no nos permite dialogar, discutir, debatir y finalmente resolver sobre líneas de acción enfocadas al futuro. Ellas suponen un nivel de cooperación muy grande, que supera la simple dinámica que las fuerzas del mercado puedan determinar y establecer.

Una de las cosas que mas me preocupa hoy en día es que se siente un estado de ánimo de desconfianza y con ello profundizamos nuestra carencia de la suficiente solidaridad patriótica como para que los chilenos nos sintamos parte de un “nosotros”, que tenga la fuerza suficiente para enfrentarse a la incertidumbre y las oportunidades de este mundo que se nos viene.

Por lo anterior, estimo que el gran desafío que tenemos que enfrentar es el hacer tomar conciencia de la necesidad de esta solidaridad básica, a un país como el nuestro, que es pequeño en tamaña, le será posible enfrentar este nuevo mundo con éxito, si es suficientemente flexible, tiene capacidad de respuesta rápida y cuenta con la unidad nacional necesaria para participar de manera activa en el liderazgo de este cambio.

En relación a lo antes mencionado comparto con ustedes un artículo del El Mostrador:

24 de Marzo de 2009
Editorial
La lenta pero sostenida corrosión del sistema político


En la historia de los países los períodos de incertidumbre producen desarticulaciones notables entre aquello que la sociedad piensa o quiere y lo que la política hace u ofrece. Normalmente son épocas de confusión social, en que los poderes políticos se autonomizan de sus bases de apoyo o control, las palabras pierden su valor, y las instituciones se convierten en voluntades aisladas que se mueven sin mayor cohesión.

Si se observa con atención el panorama político nacional, Chile se está sumergiendo en uno de esos períodos. El desorden de los partidos, la relativización de las instituciones, la promiscuidad en los roles políticos, la baja calidad del debate. Pese a tener buenas condiciones para enfrentar los problemas que plantea la crisis global, el país parece incapaz de construir un sentido de orden colectivo y un proyecto nacional con dos o tres ideas fuerza que sostengan su coherencia como sociedad.

Lo anterior no significa que no existan buenas causas o buenas ideas. Simplemente carecen de cohesión al desvanecerse el ethos colectivo de la cooperación para un desarrollo nacional, el que sí cruzó el sistema político nacional durante la década de los 90'. En Chile, el poder ha quedado desnudo de argumentos doctrinarios, y la economía y la política son finalmente ejes autónomos entre sí.

De manera casi imperceptible el país está transitando hacia un escenario social de desafección y crisis. No por falta de estabilidad social, sino por inercia y falta de coherencia política. Ha perdido el rigor de la mínima responsabilidad social colectiva, y, como en el tango Cambalache, todo parece dar lo mismo. En esas condiciones, el éxito tiene una inercia arrolladora expresada en una popularidad que todo lo vence. Pero el fracaso cuando llega es una resaca estridente, normalmente teñida de populismo o autoritarismo.

El éxito económico ha permitido repartir beneficios. Desde protección y asistencia social, hasta ganancias garantizadas a las empresas. Pero ellos no inducen cambios de fondo en el funcionamiento del modelo económico y social ni en la política de propietarios. El modelo continuará siendo de amplia desregulación en el manejo de recursos naturales y un estatismo subsidiario sólo allí donde la iniciativa privada no alcanza o simplemente no se atreve.

Mientras haya recursos seguirán habiendo ingresos mínimos garantizados tanto para los más pobres como para las empresas eléctricas, las de agua potable o las concesionarias viales. Cuando se acaben, lo que en la volatilidad del capitalismo financiero actual puede ocurrir de manera muy acelerada, volveremos a la política de los propietarios. Entonces el papel mediador asumido por el Estado (y la política) se debilitará pues no habrá qué repartir.

El debate político que sobre estas y otras cuestiones debiera llegar con el año electoral presidencial, no llega. Ni tampoco logra asentarse el imaginario cultural de una república de amplia democracia, laica y liberal de cara al segundo centenario.

En la realidad el país exhibe un profundo bagaje de elementos reprimidos, palabras malditas, verdades a medias, vicios privados y públicas virtudes, así como elusiones políticas permanentes que atormentan el subconsciente nacional, hasta transformar a nuestra sociedad en un arquetipo psicótico de conservadurismo en todo, menos en lo económico. Hoy todo puede ser un negocio, incluso la política.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo curioso es que este articulo aparezca reproducido en este blog, del mas chanta de todos los PPD